ÁTAME,
Ya sabía lo que la esperaba. Habíamos estado en el cine viendo Átame, de Pedro Almodóvar, una película que gira en torno a un secuestro en el que la protagonista es atada y secuestrada. Ana no hacía más que comer pipas y molestar a cuantos estaban cerca, incluso fue amonestada por una chica por el constante ruido qué hacía. Yo la advertí en varias ocasiones que se estuviera callada y viera la película como la niña que era.
Llevaba una faldita corta, tableada, y una blusa blanca con un escote generoso, que mostraba, más que ocultar sus dos globos carnosos. Como seguía sin entender, tuve la idea de introducir mi mano en su escote, pasarla bajo el sostén y aferrarle el pezón derecho con fuerza. Ella me miraba sorprendida, pero no decía nada... dejó que mis dedos aprisionaran su carne y apretaran con insistencia.
- ¡Eres una niña estúpida... Te he dicho que dejes de comer pipas, que te estés quieta. Cuando salgamos de aquí, te vas a enterar.!
Bajó su cabecita y me dijo que por favor la dejara, que le dolía. Aún así, apreté un poco más antes de soltarla, y me pasé unos segundos estirando, cogiendo y soltando su pezón. Ella cruzó sus piernas y tuve la impresión de que apretaba una contra la otra.
- Estate quieta... abre tus piernas - y así lo hizo.
Cuando salimos del cine, ella ya sabía que su culito iba a sentir mi mano. Montamos en el coche y le dije que se quitara las braguitas y las guardara en el bolso. Quería que se pusiera caliente, que se sintiera desnuda durante el regreso a mi casa.
- ¿Qué me vas a hacer, Luis? - me preguntó, mimosa.
- Lo que te vienes mereciendo desde hace unos días.
Habían pasado varios días desde que le di su primera azotaina en casa, y desde entonces se había mostrado sumisa y yo diría que hasta obediente en extremo, pero llevaba un par de días provocando una salida mía de tono, y a fe que iba a tener respuesta.
Cuando llegamos a casa me senté en el sofá y le ordené colocarse en posición.
Has sido muy mala, Ana, y tu papi te va a castigar como la niña haragana que eres. Cuando yo te digo que dejes de comer pipas, tú dejas de comer pipas. ¿Oíste?.
Ella bajó su cabeza y puso su cintura sobre mis muslos. Yo le dije que se izara algo más, que quería ver su culo sobre mis rodillas. En esa posición comencé a descargar mi mano, no demasiado duramente, alternando con largas caricias en sus nalgas. Observé cómo tenía la entrada de su cueva calentita, a pesar de llevar unos veinte minutos sin bragas. Le acaricié la vulva, y enseguida ronroneó, inquieta.
Volví a sus nalgas, y comencé a azotarlas más fuerte, duro, que supiera de mi "enfado", con lo que en breve estuvieron coloradas. Una vez cubierto mi propósito, bajé la mira de mi mano y comencé a alternar mis azotes sobre la parte alta de sus muslos..
- ¿Qué, escuece?. ¿Notas mi mano?
Ella se puso entonces a pedir perdón, a decir que había sido como un juego, que no era mala y que no volvería a hacerlo.
- Me da igual. ¿Tú has querido esto, verdad?, pues esto es lo que tienes... ¡Levántate!
- ¡Desnúdate, putón!. Quiero verte desnuda.
Ella se quitó el vestido y el sostén, quedando totalmente desnuda, con sus grandes senos desafiantes, los pezones erguidos, calientes.
- ¿Te gustó la película?... Vamos a ver cuánto te ha gustado... Espérame aquí.
Y salí de la habitación. Cuando regresé, lo hice con varias cuerdas de la mano. Ella seguía allí, de pie, esperándome.
- Buena chica. Date la vuelta y apoya el pecho sobre la mesa brazos sobre la mesa.
- ¿Qué vas a hacer?.
- Date la vuelta, te he dicho - le dije, de la forma más enérgica que pude.
Ella se dio la vuelta, se agachó, y apoyó sus senos sobre la fría mesa del salón.
- Muy bien... Abre los brazos.
Ella estiró sus brazos en cruz sobre la mesa. A continuación, le agarré la muñeca derecha y le até la cuerda alrededor, tras lo cual, jalé del brazo hacia adelante y pasando la cuerda al otro lado, la até firmemente a la pata trasera derecha de la mesa. Hice lo mismo con su muñeca izquierda.
Me retiré hacia atrás para ver cómo había quedado, y allí estaba ella, desnuda, con su culo mirando hacia donde yo estaba, ofrecido y listo para lo que yo deseara. El tronco apoyado por sus tetas sobre la mesa, y los brazos en diagonal y hacia delante, no demasiado tensos y sujetos a las patas de la mesa. Perfecto.
Acto seguido pasé al otro lado de la mesa, para que me viera y me desnudé, dejándole claro cómo había conseguido excitarme. Tomé el cinto del pantalón vaquero, lo doblé y me acerqué a ella. Y mientras le acariciaba las mejillas con la mano, le acerqué mi erecto miembro a sus labios y le dije lo más cariñosamente que pude:
- Vas a sentir de nuevo mi cinto, por desobediente.
- Sí, cariño, dame tu cinto, Dame con él. He sido mala y lo merezco.
Froté un poco mi polla sobre su rostro y lo introduje despacio entre sus labios. Ella sacó la lengüecita y le dejé jugar brevemente con él.
-¡Basta! - y me retiré, dando la vuelta a la mesa y acercándome a sus nalgas calientes. Posé mi mano sobre ellas y acaricié levemente su vulva, ligeramente humedecida. Hurgué enseguida dentro de su cavidad durante unos momentos, hasta que observé lo excitada que se había puesto.
Fue entonces cuando comencé a dejar caer el cinturón sobre su trasero. Un culo que en aquel momento me pareció que era lo más bonito que había visto nunca. Una y otra vez fui azotándola sin prisas, pero con firmeza. Una y otra vez. Una y otra vez...
Ella se retorcía, subía y bajaba sus nalgas, las rotaba de un lado a otro, y, de vez en cuando, soltaba un "Aughh", pero se portaba bien, admitía su castigo. Yo, desnudo, iba notando cómo cada ver era mayor mi excitación... y la suya.
Ella comenzó a gritar como una posesa:
- Desátame y fóllame, cariño... ¿A qué esperas para darme lo que es mío... Hazlo ya... ¡Jódeme!.
Yo seguí azotándola sin piedad. Dejé de hacerlo con el cinto y seguí dándole con mi mano. Una y otra vez me pedía que la poseyera, que terminara su castigo y la hiciera gozar como se merecía.
Y pensé entonces que sería estupendo follarla así, por detrás, sin desatarla, sin posibilidad de escape. Ella no podría zafarse de mis embestidas. Así es que di por terminados sus castigo y agarré sus caderas con ambas manos. Puse mi ariete junto a la entrada de su vulva... y la embestí violentamente. Dios, lo estaba deseando.
- ¿Pero qué haces?... Desátame, cabrón.
No la hice caso... empecé a bombear de manera constante y violenta mientras la sujetaba del pelo, tirando de él hacia atrás... Era como una yegua, briosa y salvaje. Ella se movía como queriéndose liberar de la presa, pero siguiendo el compás de mis acometidas.
Fueron unos minutos excelsos, de rabia contenida y pasión desbordada.
Jadeante y feliz, terminé sobre ella. Había sido algo extraordinario y algo que seguramente repetiría más de una vez. Fue uno de los días que con el paso del tiempo aún conservo con la misma intensidad del momento en que se produjo.
SPANKTHOR
