Mis comienzos con Ana (2)
Me senté sobre el borde del sofá y, tirando de su muñeca izquierda, la coloqué boca abajo sobre rodillas.
Llevaba una falda a medio muslo, por lo que al colocarla apenas llegaban para tapar sus nalgas. Por un momento me quedé admirando la parte alta de sus muslos. - Te voy a dar unos buenos azotes en el culo para que sepas lo que es bueno, y aprendas a respetarme - y diciendo esto, levanté mi brazo derecho y lo dejé caer sobre sus nalgas, al principio sin demasiada convicción, pero como vi que apenas se inmutaba, lo descargué con mayor fuerza, tras lo que empecé a escuchar sus grititos, castigada. En un principio, alternaba el lugar de caida de la mano, a la derecha, a la izquierda, regodeándome con cada azote.
Al principio la nalgueaba sobre la faldita, pero por a poco la mano fue golpeando la parte alta de sus muslos, calentando y enrojeciendo su piel, y fue cuando empezó a hacer mella en ella el castigo...
- ¡Joder!. ¡Escuece! Pero la muy golfa seguía sin oponer resistencia.
- ¡Cállate y espabila, pequeña puta!. ¿Crees que me gusta que me des esquinazo, verte con otro chico?. A partir de ahora sólo harás lo que te diga.
- Sí, Luis... ¡Aughh! Lo que tú digas.
No sé si fueron 20 o 30 azotes los que cayeron sobre su trasero, pero gocé como nunca. Cuando me cansé, y queriendo evitar que notara la erección que tan violentamente estaba teniendo, le ordené levantarse. Me la quedé mirando. Ella, con la cabeza baja, con la cara colorada, se colocaba las manos sobre su trasero dolorido. A mi comenzaban a picarme las manos, y por un momento quise dejar los azotes, pero se me ocurrió que podía empezar a jugar con ella... a dar una pequeña vuelta de tuerca...
- ¿Sabes lo que va a hacer ahora la niña mala?.
Levantó su vista hacia mí.
- ¡Desnuda tu culo para mi!
Como ví que me miraba sin comprender, insistí con mayor firmeza.
- ¡Que te quites la falda, te digo, y quítate la braguitas, ¿o quieres que yo mismo te las quite?!
Se dio la vuelta, avergonzada, retiró su falda. Para que se quitara sus braguitas blancas hube de insistir de nuevo, pero lo acabó haciendo. Pude ver su culito, nada aparatoso, y observé cómo la parte alta de los muslos estaba ya colorada, pero sus nalgas apenas estaban algo rosadas, por lo que la ordené:
- No he acabado contigo. Coloca tus brazos sobre la mesa y separa las piernas.
Y lo hizo. Metí mi mano bajo la cama y localicé una de mis zapatillas. Me acerqué por detrás. Vi sus nalgas que parecían llamarme, y pasé mis dedos por debajo, acariciando levemente su vulva... estaba mojada, ¡excitada!
- Vaya con la nena.. ¿Te excita esto?.
No dijo nada.
- ¿Te pone cachonda, verdad? – Pasé de nuevo mis manos por su rajita y le di a probar sobre sus labios su propia humedad. Sacó su lengüecita, lamió, se introdujo el dedo en la boca, y yo le aferré su mentón, y le descargué un zapatillazo con fuerza, para que lo sintiera. Pegó un salto.
-¡Quieta! ¡Ni te muevas!.
Comencé por descargar varios zapatillazos, lentamente, como desgranándolos. De vez en cuando le acariciaba su conejito, ardiente, húmedo, e incluso introducía mi dedo pulgar entre sus labios carnosos y tibios... Y, joder, cómo me estaba aguantando las ganas de poseerla allí mismo, pero no podía ser, tenía que castigarla, que supiera como podía ser tratada, no quería convertirlo en una fiesta de sexo, y menos ahora, que la sabía excitada, receptiva.
Ella comenzó a gimotear y a suplicar que por favor parara. Yo insistí un poco más.
- Me detendré cuando lo crea conveniente, cariño.
De pronto me detuve. Observé mi obra, dejando pasar unos segundos, los cuales ella aprovechó para decirme que sería buena, que no lo haría más, que yo era su hombre y que si no respondía a mis expectativas, podía castigarla siempre que quisiera.
Ese día le acompañé a su casa y al dejarla en su portal, me llevó tras la escalera, al cuarto de las bicicletas. Abrió la puerta y entramos. Y enla oscuridad me dio un largo, profundo y delicioso beso que jamás olvidaré, momento que yo aproveché para introducir mi mano bajo su falda y hurgar, decidido, con mis dedos dentro de su vulva... ¡joder, sí que estaba mojada!...
Se pegaba a mí como una lapa, enroscándose, sin dejar de meter su lengua en mi boca. Mientras, yo seguía con mis dedos hurgando dentrode su delicioso coñito, aferrando su vulva y apresando su clítoris, estirándolo y frotándolo con mi dedo corazón. De pronto, se estiró y emitió unos gemidos agudos, pero contenidos y se quedó quieta por un instante.
A continuación, se puso en cuclillas y tras abrir la cremallera de mi pantalón, sacó mi polla erecta, a punto de reventar. Apenas tuvo tiempo de aprovecharla: fue sentir la cálida y húmeda boca de Ana y explotar dentro, e inundándola....
Y eso sólo fue el comienzo. Vendrían más días de locura spank con ella.
SPANKTHOR
